XLVIII. VIENTO DE CEDRO

Palpitan las venas en soledad;
telarañas sin huésped ni casero,
restos de un naufragio polvoriento
que ha sumido su celada
en inútil ardid de paciencia;
hoy abrazan el aire circundante
y mesan los flecos del silencio,
custodiando la fría eternidad.

Pura inercia atrapada en una forma
entre el trillón de posibles formas
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaade no ser.

Un sarcófago de tejidos
que desliza su masa por las calles,
conjuga convenciones
y malversa el tiempo,
ajeno a ese fuego que mata
sin el que no es dado alcanzar
la sola forma
entre el trillón de posibles formas
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaade ser.

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XLVII. VIENTO DE CEDRO

MUERTE (NO ACCIDENTAL) DE EUROPA

Recuesta tu cansancio;
sólo quedan de ti en ti
las alhajas de otro tiempo
y el vapor de unas ideas.

Preñan tu vientre reseco
ecos que fueron deseos,
que hoy no atañen a los músculos
ni concitan las tormentas.

No hay causa de tu merced
ni sangre que te salpique:
diezmo alquilará la muerte,
diezmo comprará la paz.

El fulgor de los balances
redimirá esta jornada
mientras un sol de oro y plata
busque su postrer venero…

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaque es el tuyo.

XLVI. VIENTO DE CEDRO

Para Carolina

Cómo encajarme en ti
con el laconismo torpe
que predica el diccionario;
cómo uncirme a ese yugo,
a esa voluntad aséptica,
con que traban sus carnes
el verbo querer o amar.

Qué inane acepción comprenderá
el tajo que siega los hilos ciegos
que manejaban mi anterior vida,
el nudo de esperanza que los ata
al gobierno de tus dedos
y la renuncia irrevocable
a la libertad estéril de la veleta.

Qué erudito dique contendrá
ese hontanar de gratitud
que mana en mis entrañas
y barre la arena de mis venas;
qué palabra podrá apresar la flecha
engarzada en el arco de tus cejas,
su vuelo que con cada parpadeo
alumbra un mundo más luminoso,
con otro yo, mejor, que me suplanta.

Es inútil decir que te quiero,
cuando me encallo en el arrecife
que defiende tu lengua
y hundo en tu saliva mi sed de náufrago.

De nada vale decir que te amo,
cuando en lapso lúcido de loco,
renocozco la demencia
y ruego que me cargues de cadenas.

Se vacían las palabras cuando asumo,
tras el verdor voltaico de tus ojos,
un adiós asesino que me acecha
y derogará todas las voces con tu nombre.

XLV. VIENTO DE CEDRO

SONETO XIV

El corazón se rinde a la sequía
en un pantano roto y agostado,
cuyo lecho de venas cuarteado
pule el soplo de la melancolía.

Polvo y humo, fragor nunca olvidado;
rastrojo que ventea noche y día;
segundos que son horas de agonía
con el alma clavada en su pecado.

Devota religión de cenagal
que debe rendir lágrimas y albricias
a un coloso que tiene pies de barro;

a una liturgia de cuña y desgarro,
a un altar consagrado con mi sal
que antaño desbrozaban tus caricias.

XLIV. VIENTO DE CEDRO

Los coches rasgan la noche;
cabalga el jinete doppler
un ronroneo doliente

que crece y mengua en la nada.

Qué vano orzar entre un mar
de sábanas encrespadas,
en un sudoroso piélago
que la voluntad no aquieta.

Truena el vuelo de una mosca,
engranaje del vacío,
acicate de las sombras
que taladra la cordura.

¿Qué condena dicta el cuerpo
cuando impone su vigilia?
¿Qué mitología conjura
aferrándose al insomnio?

Y en mitad de la deriva
el sufragio de la paz:
tus muslos traban un cabo,
tu aliento pende el fanal.

XLIII. VIENTO DE CEDRO

Alguien dará el postrer paso
que apenas acallado
movilice ese ejército
latente que nos vigila,
que vela todo camino
y reclama nuestra estancia.

Ya esmerila sus hojas,
desliza quedo sus raíces;
aposta la tolvanera,
las estacas de espadaña
y el musgo que lucirá
su penacho sedicioso
en canalones y gárgolas.

Declina un sol; despunta otro,
y hay un cazador paciente,
un remolino de savia
que aguarda día y noche
la sazón de su cosecha.

XLII. VIENTO DE CEDRO

El rastrillo de los párpados
señorea la noche
con un yugo enervante;
claudica el músculo,
tal vez hastío de ser.

En la utopía del sueño,
furtivos a toda refutación
y tormento escolástico,
quimeras, dragones,
basiliscos y cíclopes
empujan con un ariete
su placenta imaginaria.

Cuando los ojos se crispan
en febril arrebato,
la imagen busca la juntura,
el desbordamiento del verbo
que la arrastre más allá de sí.

El espejismo vuela lindes;
y la materia en demasía
emprende un viaje
para el que la palabra estorba.

XLI. VIENTO DE CEDRO

La muerte no es atributo
que el pulcro espejo denuncie
con la carencia de aliento.

Ni la puerta de la vida
es el llanto desgarrado
que excita la nalgada
del partero.

¿Qué es vivir sin amar,
sin fatigar las respuestas
en el roce de otros cuerpos?

¿Pueden arrasar las lápidas
el recuerdo de un amigo
como flor que el sol agosta
y devora?

Nacer, morir; levedad
presa en un capricho de agua
que bulle o teje cristal…

Sea la risa compartida,
la húmeda áncora del beso,
o el latigazo de fuego
que es el odio.

XL. VIENTO DE CEDRO

SONETO XIII

Los ojos rumian un paisaje inerte;
se funden las miradas con usura,
el tiempo se vacía y apresura
en un triste anticipo de la muerte.

El cuerpo busca erguirse y pisar fuerte;
la palabra, el baldón, la desmesura,
la mugre es el altar de la cultura;
la infamia, única ley que brinda suerte.

El corazón funciona como exclusa
trasegando la sangre de un derribo
que espera bala en la ruleta rusa.

Ruedan días, semanas, meses y años
de carne subastada en un tiovivo;
huérfana de fe, ávida de apaños.

XXXIX. VIENTO DE CEDRO

Puedo asumir el relato
de gritos, sangre y miedo,
de sucias comisarías
y certeros puñetazos
que ordenan su providencia.

Puedo abonarme a la historia
de pancartas y carreras
que impugnan con frenesí
los desmanes del poder
y su obtusa maquinaria.

Puedo celebrar el sol
de las manos que amanecen
tras la noche de los puños,
y el calor con que las urnas
dictan dónde está el hogar.

Mas puedo pensar también
que los mismos dedos hábiles
en el mismo ovillo de hilo
con la misma oscura rueca
ordenaron nuestra suerte…

Cuando el debe y el haber
de michelín descolgado,
labio befo y risa imbécil,
concluyó que no rentaba
dar comida a los mastines.