XXIX. VIENTO DE CEDRO

SONETO X

Cae en sordina el poso de la farra,
ronquera de cristal y algarabía
fundida con un grito que desgarra
el vientre de la noche más sombría.

Languidece en mis manos una jarra,
un rescoldo de orín, casi vacía;
yesca de sed que sin juicio desbarra
y en silencio desvela su falsía.

La soledad florece con su fobia
en un vivero de humo sin sentido
del que emerge un reflejo que me agobia.

El fallo de un espejo envilecido,
un rodar con el vacío por novia,
un ser desembocado… un haber sido.

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XXVIII. VIENTO DE CEDRO

Mentían los padres de la patria.
No ventilaba sus cuentas la libertad
entre mapas militares destazados
por las orugas de los tanques,
cartas náuticas batidas
en pos del dividendo,
ni constituciones vendidas al peso
por sesudos exégetas.

Pendía su fortuna de otra épica
desterrada de los bronces:
que el dedo índice
no abandonara el calor del puño
para proyectar su sombra acusadora,
que la rigidez del brazo
previniese el codazo cómplice
que excita una sonrisa torva,
que el defecto de saliva
aplacase la lengua insidiosa
presta al cuchicheo…

Tierra de nadie entre alambres
y miserias cotidianas,
donde el único camino
es la estela de los justos.

XXVII. VIENTO DE CEDRO

PASEN Y VEAN

Cáliz marchito del páramo,
flor de pétalos de lona,
que enredas en polvo y guijo
un vórtice recosido.

En tu bóveda de trapo
baila un círculo de luz
y un trapecio de funámbulo
acera su desafío.

La cofradía del Clown
arrastra una pantomima,
con redobles que apuntalan
artillerías de hombre bala.

Un tigre atusa sus manchas
hilvanando con bostezos
un espejismo embalsado
en su represa de tiempo.

Flota una bruma selvática
en el músculo enjaulado;
un sumidero de fuego
que devora su pirueta.

XXVI. VIENTO DE CEDRO

Cada puntal, driza y mamparo
con que el caballo de Troya armó
sus huesos, tendones y pellejo
condenaba el tiempo del héroe.

Quedaba resbalar por la pendiente,
abismarse en la gesta cotidiana
de rendir cuerpo y sudor
a la molienda de los días.

Hoy sabemos que encontró
la ocasión de bajar la guardia,
asestar esa certeza contra el misterio
y confiar su talón al pulso del arquero.

XXV. VIENTO DE CEDRO

Intemperies de sudor,
mantos de nieve que acechan
ofertas y volatines
en la rueda de solsticios
que decretan los semáforos.

Limpieza de parabrisas,
reventa de celulosas,
saltimbanquis, malabares
con su vuelo condensado
en una glosa de arcén.

Crisol de asfalto que funde,
con la suma de cadencias
que perder imprime al paso,
prisas de amapola y lava
en las luces de los frenos.

XXIV. VIENTO DE CEDRO

No es tan costoso vencer
ese dogma puritano
a que se aferran los niños,
que sólo sobre las gracias
pueden germinar sus risas
verdaderas.

Sabe enraizarse el donaire
en tierras mucho más fértiles:
amistades convenientes,
clientelas productivas
e inquisiciones veladas
tras un cepo.

¿Alguien sospecha del rictus
que defiende su interés,
del goteo de saliva
de quien anticipa el oro,
de la ágil finta al mordisco
cruel del látigo?

Cuando ruca la conciencia,
no exige gran disciplina
el eclipse del dolor,
la retracción de los labios,
ni abrillantar el esmalte
de los dientes.

XXIII. VIENTO DE CEDRO

SONETO IX

Reos mil veces, tú y yo, del helado
silencio que envenena nuestra casa;
de puro frío quema como brasa
que quisiera poder dejar de lado.

Sufro hiriendo con tretas de soldado,
mientras me hundo hasta el cuello en esta basa
de reproche tenaz que nos traspasa
el cuerpo todavía enamorado.

Conversan tus caderas y tu falda;
las escucho un segundo al desnudarte,
prólogo a la mudez con que tu espalda

fortifica su muro de cheviot…
en sábana y trinchera he de expugnarte
tu suave piel, tu línea Maginot.

XXII. VIENTO DE CEDRO

SONETO VIII

A LAS MOSCAS Y SU AFÁN

Cuando el frío destensa su mohín
anuncian los rigores estivales
alas cual rosetón de catedrales
y cuerpos escarchados con hollín.

Gambetas de azabache danzarín,
trompeteo que flota sin modales
arrellanado ocioso en los frutales
poniendo por excusa un volatín.

Notarias del manjar de la cocina,
estampan con su trompa un leve cuño
de pompas que se van haciendo roscas,

antes de que la sombra de algún puño
envuelva en su mortaja de quitina
el siseo travieso de las moscas.

XXI. VIENTO DE CEDRO

Llueve sobre los caminos
polvo de piedras cansadas.
Ya espera el lazo de raso,
madura la fina organza
con que la Historia empaquete
nuestro tiempo.

En su mies el sustantivo,
la locución petulante
que nos asigne vecinos
como Roma o el Feudalismo,
que hasta hoy mismo parecían
tan remotos.

Ya ponderados los hitos
guarecidos del olvido,
las actas ignominiosas,
los óbitos de tirano
con que puedan validar
las fronteras.

Presta la laja de tiempo
de nuestra cronología
a la herida del cincel:
hombres fieles a ser hombres
no quisieron redimirse
borrando huellas.

XX. VIENTO DE CEDRO

Inconsciente impulso
que buscas en la gravedad
un digno desafío.

Como un ariete de savia
impones tu voluntad
a la sequía del terruño
y al pisotón displicente,
irguiendo sobre tu peso
un nervio encelado
en su estuario de luz,
una ofrenda de hojas
al tañido del viento.

Pura belleza ausente
en su épica rutinaria,
en su horda de espigas
y artillería de estambres…

Mero artefacto
en preñez de sí.