XXV. VIENTO DE CEDRO

Intemperies de sudor,
mantos de nieve que acechan
ofertas y volatines
en la rueda de solsticios
que decretan los semáforos.

Limpieza de parabrisas,
reventa de celulosas,
saltimbanquis, malabares
con su vuelo condensado
en una glosa de arcén.

Crisol de asfalto que funde,
con la suma de cadencias
que perder imprime al paso,
prisas de amapola y lava
en las luces de los frenos.

XXIV. VIENTO DE CEDRO

No es tan costoso vencer
ese dogma puritano
a que se aferran los niños,
que sólo sobre las gracias
pueden germinar sus risas
verdaderas.

Sabe enraizarse el donaire
en tierras mucho más fértiles:
amistades convenientes,
clientelas productivas
e inquisiciones veladas
tras un cepo.

¿Alguien sospecha del rictus
que defiende su interés,
del goteo de saliva
de quien anticipa el oro,
de la ágil finta al mordisco
cruel del látigo?

Cuando ruca la conciencia,
no exige gran disciplina
el eclipse del dolor,
la retracción de los labios,
ni abrillantar el esmalte
de los dientes.

XXIII. VIENTO DE CEDRO

SONETO IX

Reos mil veces, tú y yo, del helado
silencio que envenena nuestra casa;
de puro frío quema como brasa
que quisiera poder dejar de lado.

Sufro hiriendo con tretas de soldado,
mientras me hundo hasta el cuello en esta basa
de reproche tenaz que nos traspasa
el cuerpo todavía enamorado.

Conversan tus caderas y tu falda;
las escucho un segundo al desnudarte,
prólogo a la mudez con que tu espalda

fortifica su muro de cheviot…
en sábana y trinchera he de expugnarte
tu suave piel, tu línea Maginot.

XXII. VIENTO DE CEDRO

SONETO VIII

A LAS MOSCAS Y SU AFÁN

Cuando el frío destensa su mohín
anuncian los rigores estivales
alas cual rosetón de catedrales
y cuerpos escarchados con hollín.

Gambetas de azabache danzarín,
trompeteo que flota sin modales
arrellanado ocioso en los frutales
poniendo por excusa un volatín.

Notarias del manjar de la cocina,
estampan con su trompa un leve cuño
de pompas que se van haciendo roscas,

antes de que la sombra de algún puño
envuelva en su mortaja de quitina
el siseo travieso de las moscas.

XXI. VIENTO DE CEDRO

Llueve sobre los caminos
polvo de piedras cansadas.
Ya espera el lazo de raso,
madura la fina organza
con que la Historia empaquete
nuestro tiempo.

En su mies el sustantivo,
la locución petulante
que nos asigne vecinos
como Roma o el Feudalismo,
que hasta hoy mismo parecían
tan remotos.

Ya ponderados los hitos
guarecidos del olvido,
las actas ignominiosas,
los óbitos de tirano
con que puedan validar
las fronteras.

Presta la laja de tiempo
de nuestra cronología
a la herida del cincel:
hombres fieles a ser hombres
no quisieron redimirse
borrando huellas.

XX. VIENTO DE CEDRO

Inconsciente impulso
que buscas en la gravedad
un digno desafío.

Como un ariete de savia
impones tu voluntad
a la sequía del terruño
y al pisotón displicente,
irguiendo sobre tu peso
un nervio encelado
en su estuario de luz,
una ofrenda de hojas
al tañido del viento.

Pura belleza ausente
en su épica rutinaria,
en su horda de espigas
y artillería de estambres…

Mero artefacto
en preñez de sí.

XIX. VIENTO DE CEDRO

Pechos en estado de sitio
donde el corazón late su asedio,
invisible como un puñal de turba
que eviscera la noche.

Qué orfandad de risas,
con dedos prontos al chasquido,
fuerza levas entre las palomas,
borbotea en fundición
el bronce de las campanas,
y flota globos cautivos
para hostigar las nubes…

Cómo apresa todo resuello
esa marcialidad sorda,
que con el manto del hábito
nos reduce a mera sombra.

XVIII. VIENTO DE CEDRO

SONETO VII

A UN ZAPATO ROTO Y ABANDONADO

Mudo silo de pies y de agonías
que doma la quietud de tal destino,
allanando su cuero a ser camino
para lluvias que ahondan sus estrías.

Nocturnos de escarcha y fuego de días
prensan las hormas de acero mohíno,
girando sin parar como un molino
que pule entre costuras sus encías.

Se abre en la punta un beso desdentado,
donde el suspiro por tantas fatigas
la suela cegó de todas sus huellas.

Más sonríe el zapato abandonado
en que elevan su alcázar las hormigas
viendo por los ojales las estrellas.

XVII. VIENTO DE CEDRO

 

PIEDRA FILOSOFAL

Fatigaban una quimera
conjugando ensalmos y matraces,
encorvados sobre ollas humeantes
donde sus potingues desafiaban
las declinaciones de la materia.

Domaron su rústica alquimia
con sutilezas para medir
ductilidad, resistencia
y número exacto de protones
que logran hacer del oro, oro.

Pero nunca explicaron por qué
no hay crimen que logre mancharlo.

XVI. VIENTO DE CEDRO

 

CIRCA MERIDIEM

Juegos de inmortalidad
rotos a traición
en la oblicuidad de la luz;
rayos de sol al bies,
badajos de luz desganada
y campanas de vasos de tubo
enmudecidas por el deshielo.

Óbito de una noche
epígono de muchas otras,
en un manto de brumas
donde la bocina de la realidad
penetra y desmiente
casi toda opción.